Feliz Navidad, feliz!
por qué dejé de odiar la Navidad y el concepto japonés que me hizo verlo todo de otra manera
Odiar la Navidad es lo más fácil que puedes hacer en 2025.
Y lo digo con conocimiento de causa: he pasado años siendo un profesional del desprecio navideño.
Perfeccionando un arsenal de frases ingeniosas sobre lo superficial de las fiestas del consumismo, hasta tal nivel que podría escribir el equivalente del discurso “I have a dream…” pero sobre el odio a la Navidad.
Tampoco es tan difícil.
El cinismo navideño es casi un requisito para parecer adulto, sofisticado, para no ser un cursi vulnerable a la manipulación comercial.
Parece la actitud inteligente.
Es lo mainstream. Lo cool.
Lo puto fácil.
“Se ha convertido en un invento comercial”, “¿De verdad es necesario este gasto en luces?”, “Qué pereza los villancicos”, “Es todo un despilfarro”, “Para qué decorar si hay que quitar todo en enero”
Y lo entiendo. De verdad. YO he estado ahí.
Pero de repente uno crece, madura o acumula tantas hostias de la vida que empieza a ver las cosas con otros ojos.
Llega a una edad en la que ya no es tan fácil seguir mintiéndose con tanta elegancia.
Igual no sabes cuál fue exactamente el detonante. Cuál fue la última ilusión rota que te hizo ver otra capa de la realidad.
Pero ahí acabas. Entrando en el fastidioso hábito de intentar ser sincero.
Al menos, contigo mismo.
Y si somos sinceros, no es que la Navidad sea tan mala, joder.
Es que, hay que hacer cosas que “dan pereza”.
Para qué pensar en un regalo cuando puedes reenviar un mensaje genérico de WhatsApp.
Para qué cocinar durante horas cuando puedes pedir comida.
Para qué reunirte con familiares que solo ves una vez al año cuando puedes quedarte en el sofá haciendo scroll infinito, como un arqueólogo cavando en un agujero sin fondo esperando encontrar algo que no sabe muy bien para qué lo necesita.
El cinismo es el camino de mínimo esfuerzo.
Pero superarlo no es tan sencillo como poner algo de voluntad.
Porque también es el camino del mínimo dolor. Y te protege contra:
La tristeza de quien ya no está
La incomodidad de reuniones familiares tensas
El dolor de comparar lo que tienes vs lo que esperabas tener a esta edad
La vulnerabilidad de admitir que SÍ te importa algo “cursi”
El cinismo es una anestesia perfecta.
Pero todo tiene un precio.
Y este se paga con la única moneda que no se recupera: tiempo.
Te protege del dolor de hoy regalándote el arrepentimiento de mañana.
Y mientras lo hace el reloj no se detiene.
Los padres envejecen. Los hermanos se distancian. Las oportunidades se evaporan.
¿Cuántas Navidades te quedan con tu padres, con tus hermanos, con tu pareja o con tus amigos?
No es una pregunta retórica. Haz el cálculo.
Esperanza de vida media (80 años). Los años que tienen ahora esas personas que te importan. Las veces que realmente os reunís al año.
Cuantas Navidades te quedan con tus padres: ¿Seis?, ¿Diez?, ¿Quince o Veinte si tienes suerte?
¿Y con ese abuelo que cada año camina un poco más despacio? ¿Tres? ¿Cuatro?
¿Y con tu hijo antes de que crezca y prefiera estar de viaje con sus amigos? ¿Siete?
Si hacer cálculos de este tipo no es lo tuyo, solo piensa en esto:
Algún día será la última vez que te sientes en esa mesa con todas las personas que este año sí estarán.
Y no lo sabrás. Ese día pasará como cualquier otro.
Solo que no habrá otro.
Así es la vida.
Si supieras que esta es la última Navidad con esa persona querida, ¿decorarías? ¿Cocinarías? ¿Buscarías el regalo perfecto? Por supuesto. Pues bien: algún año lo SERÁ. Y no lo sabrás.
Necesitamos las navidades porque vivir conlleva mentirse para evitar hacer estas cuentas a diario. 365 días al año.
Otra de esas mentiras que también nos contamos a diario, pero que en Navidad cobra otra dimensión, es la mentira de:
“algún día…”
pero,
“algún día” no es UN DÍA.
Es solo la ilusión de la abundancia temporal.
“Ya habrá tiempo”, “El año que viene lo hacemos mejor”, “Cuando tenga menos trabajo haré más cosas con esa persona”.
Pero las ocasiones no se multiplican.
Se agotan.
Y la Navidad, precisamente porque se repite cada año, es el brutal recordatorio de que el tiempo pasa y seguimos sin encontrar esos “algún día”.
No recordamos cuántos lunes hemos vivido. Pero podemos decir sin esfuerzo: “Esa fue la última Navidad que pasé con mi padre” o “Esa fue la Navidad en la que nació mi hija.”
Así es que las navidades marcan nuestra vida como pocas cosas lo hacen.
Y se convierten en el “algún día” que esperábamos:
Para decir “te quiero” sin que suene raro.
Para mirar a los ojos a la abuela o a tus padres y notar sus manos temblorosas.
Para regalar una parte de tu tiempo. De tu atención. De tu vida. Aunque sea en forma de un dron envuelto en papel rojo con arbolitos o unos simples calcetines.
Para cocinar sin prisa y sentarte en una mesa en donde creas una red invisible de presencia y memoria.
Para volver a tu ciudad, a tus recuerdos, a ver a la gente con la que creciste.
Para hacer todas esas cosas sencillas que damos por sentadas, pero que en realidad no lo son.
Son las cosas importantes de la vida.
El resto del año vivimos detrás de unas robustas murallas. Eficiencia. Productividad. Sin sentir demasiado.
La Navidad es el puente para salvar el foso de nuestra fortaleza impenetrable.
Es la grieta de nuestras murallas que nos recuerda que seguimos siendo humanos.
Todo esto es la Navidad.
Pero hay otra parte importante.
La Navidad también es el recordatorio anual de quienes ya no están.
Una mesa con una silla vacía. Una canción que te hace llorar sin entender por qué. Un olor que te transporta a cuando eras niño y todo parecía más simple.
Esa tristeza no es un defecto de la Navidad.
Es parte de su belleza.
Porque en su repetición anual, la Navidad construye una conexión invisible entre los vivos y los muertos. Entre el niño que fuimos y el adulto que somos. Entre lo que perdimos y lo que todavía podemos lograr.
Nos permite contemplar la finitud de la existencia sin que se nos rompa el alma del todo.
Lo hace rodeándonos de familia, de amigos, de ilusiones, de canciones que ya sabemos, y de buenos momentos en torno a una mesa compartiendo comida caliente.
Nos anestesia suavemente el miedo.
Pero no lo niega.
Nos hace conectar por un instante con esa fibra del alma que sabe que todo lo importante es frágil.
Que todo lo bello es prestado.
Y por eso es tan necesaria.
Hay un concepto japonés que captura esto: “mono no aware” (物の哀れ).
La belleza agridulce de las cosas que pasan.
Una melancolía suave y agridulce ante la impermanencia de las cosas, la fugacidad de la vida y la naturaleza transitoria de la existencia, apreciando la belleza precisamente por su brevedad.
No puedes separar la alegría del dolor. La celebración del duelo. La presencia de la ausencia.
Y aunque nos duela. Aunque nos sintamos un poco ridículos. Aunque ya no esté quien debería estar. Celebrar La Navidad es uno de los pocos rituales modernos que cumplen la función de las antiguas ceremonias de ancestros.
Y esos rituales son la misma esencia de lo que nos hizo evolucionar de animales salvajes a seres humanos.
No va de Dioses.
Da igual si eres religioso o no
No tienes que creer en nada espiritual para celebrar la Navidad.
Solo tienes que creer en las personas que tienes delante.
Eso es más que suficiente.
Puedes verlo como el nacimiento de Cristo. Como el solsticio de invierno. O simplemente como una excusa perfecta para reunir a los que amas.
El motivo da igual.
Lo que importa es que te detengas.
Que mires a los ojos de las personas que este año sí están.
Que digas lo que no te atreviste a decir en junio.
Que perdones.
Que abraces.
Que estés.
Feliz Navidad.
- Alex
🖤 Gracias por leer HAZ LO QUE QUIERAS.
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Bueno Alex, tocas un tema que en algún momento de la vida has podido no entender. La Navidad para mi significa otra cosa. En mi caso que tengo una gran familia, en cantidad y calidad, siempre he pensado que hay que quererles, verles, comer con ellos, ver los partidos de deporte juntos y un largo etcétera de cosas, con toda la frecuencia que se pueda. En esos días de Navidad, en los que celebramos el Nacimiento del Hijo de Dios, nos reunimos quizás todos juntos, porque hay pocos momentos del año en qué esto ocurre, al ser tantos y la verdad que aunque haya que cocinar o que aguantar al cuñado pesado viene bien para bajar un poco a lam realidad de los humanos. Odiar, lo que se dice odiar la Navidad no lo he hecho nunca, aunque tras el fallecimiento de mi padre, las cosas fueron muy distintas durante unos años y me costaron más de lo normal. A pesar de lo que pueda decirte en este comentario, creo sinceramente que en estos días podemos tener conversaciones con aquellos que no vemos a menudo y tomar conciencia del concepto cristiano de la Navidad, que es de donde viene toda la parafernalia que hemos montado durante tantos y tantos años y siglos. Feliz Navidad y Gran año 2026 para ti y todos tus lectores.